Leo es bajito ¡no nos volvamos locos con los percentiles!

Mi hijo es bajito y feliz.

Antes que nada, me gustaría aclarar que a mí el fútbol ni me va ni me viene, pero Messi es mi ídolo. 

Me explico:
Los primeros días después mi primer parto fueron muy duros. Yo quería amamantar a mi bebé pero sentía un dolor insoportable cada vez que se prendía a mi pecho. Nos habían advertido que es normal que la primer semana pierdan peso, pero luego lo esperado era que aumentara 140-210 gramos por semana. Afortunadamente, con la ayuda adecuada, paciencia y perseverancia conseguimos que la lactancia fuera placentera. Íbamos regularmente a una farmacia que teníamos cerca a pesarlo y salíamos con una sonrisa de satisfacción.

Aunque la sonrisa se nos torció un poco en la primera revisión con el pediatra, un hombre mayor, a punto de jubilarse, que emanaba experiencia y ternura por todos sus poros. Nos recibió muy amablemente, nos hizo algunas preguntas generales de cómo iba nuestra aventura de ser padres y luego nos pidió que desnudásemos y recostásemos al bebé en la camilla. Después de acercarse y hablarle unos segundos con dulzura, comenzó a revisarlo. Le palpó la cabeza y la midió, le movió las piernitas, lo manipulaba como si fuera un muñeco de trapo. Hizo que se colgara de sus dedos como un monito y hasta lo tiró hacia atrás (en un movimiento controlado, claro) para comprobar sus reflejos. Estábamos alucinados mirándolo y felices de comprobar que todo estaba en perfecto orden.

Le dictó un par de números a la enfermera y le pidió que lo pesara. Lo coloqué en la báscula como ella me indicó y registró el dato. El pediatra se despidió dándonos la enhorabuena y dejándonos con la enfermera, quien se sentó al ordenador a cargar los datos y luego los completo en la cartilla del bebé y así, como un comentario sin importancia dice por lo bajo “casi se sale de la gráfica”. Nos miramos, el padre y yo, sin entender mucho que decía y no nos contuvimos de preguntarle ¿qué quiere decir con eso?

Ahí fue cuando nos enteramos de las dichosas gráficas de crecimiento y de los percentiles. 

Nuestro hijo “casi se salía de la gráfica”. Estaba en un percentil 3 ¿tenía eso que preocuparnos?

¡No!, claro que no. Estaba en perfecto estado de salud, simplemente, era “bajito”.  Lo cual tenía bastante lógica, una de sus abuelas mide 1,50 m.

Aunque casi “se salía de la gráfica“, estaba sano y feliz.

Aprendimos mucho sobre esos percentiles y tablas. Que si las hay para niños alimentados con leche materna, para los alimentados con leche artificial, incluso diferentes tablas según la raza o la región.

Mi hijo siguió creciendo, a su ritmo. Un ritmo lento pero constante y dentro de la normalidad. Hasta los 4 o 5 años no se percibía su baja estatura. Estaba dentro de la media de su clase. Pero llegando a los 7 años, algunos compañeros comenzaron a hacérselo notar. 

Un día, con toda la inocencia del mundo me preguntó “¿mamá, qué problema hay en ser bajo?”. ¡Ninguno, cariño! es una característica más tuya, como tu color de pelo, tus preciosos ojos, tu buen humor… “Además, a mi me es más fácil meterme en huecos para esconderme, pasar por debajo de las sillas…” Pues sí, esas son ventajas de esa característica que tú tienes”.

El tema quedó ahí, por un tiempo. En su momento me angustió un poco, debo admitirlo. No por el hecho de que mi hijo sea de baja estatura, sino por que la sociedad sigue poniendo el acento en esas cosas. Ahora le llaman bullying, pero ese tipo de acoso existe en la sociedad desde… vaya a saber cuándo. Y siendo consciente de que eso nos puede pasar a cualquiera, en cualquier ámbito y en cualquier momento, anhelo poder darle herramientas a mis hijos para poder sobrellevarlo de la mejor manera posible. 

Mi jugador de fútbol preferido.

Al tiempo, nuevamente mi hijo me puso de manifiesto que se estaban metiendo con él por su altura, pero esta vez no percibí inocencia en él sino impotencia, angustia, rabia. Desde la primera vez que me lo planteara yo le daba vueltas al tema en mi cabeza tratando de buscar la contestación adecuada, transmitirle seguridad ¿pero cómo? ¿qué era lo más indicado para decirle? ¿que los ignorase? no me parecía justo, quería unas palabras mágicas que borrasen todo rastro del tema de la vida de mi hijo… De repente me vino a la mente Messi ¡Messi es bajito!- pensé.

– Hijo, a los que te dicen eso ¿les gusta el fútbol?
– Sí ¿por?
– Pues, porque Messi, uno de los mejores jugadores de la historia, es bajito.

No dijimos nada más. Pasaron los días y mi hijo no volvió a sacar el tema y yo, tampoco, temía hacerlo. Hasta que un día, feliz, me dice: “mamá, sabes que a Marcos le encanta Messi y además es del Barça”.

Marcos, “el acosador”, se fue convirtiendo en su amigo. 

A veces se sigue metiendo con su estatura, pero ahora se ríen juntos.