Hace unos meses, en la ronda de preguntas tras una charla en una clase de magisterio infantil de la Universidad, me preguntaron qué situaciones habían sido las más duras para mí como tutor. Evidentemente las primeras en venirme a la cabeza fueron los fallecimientos de padres de alumnos, de los que ya he hablado en otro artículo anterior, pero no fueron las únicas

Comunicarle a unos padres primerizos que sospechamos que su hijo o hija puede tener un trastorno o necesidad educativa especial suele ser un momento también duro, en el que empatizas con el desasosiego que supone una noticia así, unido a la dificultad de aceptar que tu hijo o hija no va a ser “como tú esperabas”

Pero finalmente, hablando de esa aceptación de lo diferente, y de intentar transmitir a una familia que la forma en que ellos actúen va a ser determinante para el desarrollo del niño o niña, terminamos hablando de otro asunto que, si bien no es tan duro, si conlleva cierta dificultad

En muchas ocasiones, los padres me transmiten en tutorías su preocupación hacia determinados hábitos de sus hijos (frecuentemente, de hijos varones): Que jueguen con muñecas, que les guste vestirse de princesas o le pidan a los Reyes un poni rosa.

La preocupación de los padres, habitualmente, no reside en lo que esos hábitos de juegos puedan derivar en el futuro para sus hijos, sino que suelen centrarse más en el miedo a que sean rechazados por sus amigos o ridiculizados. En algunas ocasiones incluso me han transmitido el mensaje que habían recibido desde la guardería en años anteriores: Que debían quitarle “esos hábitos de juego”, para que el niño no fuera señalado por sus compañeros.

Entiendo que la intención de esas profesoras de los primeros años no fuera otra que la de proteger al niño, pero no puedo estar más en desacuerdo con ese mensaje. Y es en esos momentos, cuando te llegan unos padres confusos, con ciertos miedos, y que previamente han sido mal aconsejados, donde radica la dificultad: Hacer entender e integrar en el pensamiento de esos padres la manera de reforzar la autoestima y la felicidad de sus hijos, en vez de dinamitarlas.






Juan Guinea

Maestro de educación infantil y escritor

Para comenzar, creo que es conveniente aclarar ciertos aspectos. En primer lugar, el juego tiene que ser libre, por definición

Jugar sin la libertad de poder ser lo que queramos durante el juego y “convertir” los juguetes u objetos en lo que queramos no es jugar

Los únicos límites del juego son los que atentan contra el respeto a otra persona o a uno mismo, tanto física como emocionalmente. Por otro lado, no hay juegos de niños ni de niñas, ni jugar con un juguete determinado te convierte o predispone a unas preferencias sexuales u otras

De hecho, algunos de los juegos socialmente vistos como “de niñas” (afortunadamente, cada vez menos), son, si los vemos con perspectiva, ideales para educar a nuestros hijos varones, siempre que queramos inculcarles valores como la igualdad de género, la responsabilidad compartida en el cuidado de los hijos, la equidad de reparto en las tareas del hogar, etc. Un niño que juega a darle el biberón a su muñeco, que pide una cocinita por su cumpleaños o que elije ponerse el disfraz de princesa en lugar del de caballero está asumiendo como suyos los roles de buen padre, de responsable de las tareas del hogar o de quitarse de encima la pesada coraza de tener que asumir el rol de fuerte (física y emocionalmente).  Aunque, lamentablemente, jugar con cocinitas no te hace mejor cocinero, igual que jugar a arreglar coches no te da nociones reales de mecánica.

Más allá de la libertad que debemos proporcionarle a nuestros hijos en el juego, el mensaje tremendamente negativo que le estamos dando a un niño cuando le decimos que no debería jugar con algo (o, sutilmente, que “mejor pida otra cosa a los Reyes”) puede ser nefasto para su autoestima. Y aquí quiero darle a la palabra “Autoestima” todo el peso que tiene que tener.

Cuando hablamos de autoestima no estamos hablando sólo de hacer niños seguros de sí mismos, estamos hablando de que el niño o niña sienta que todo lo que es, todo lo que siente y todo lo que quiere para sí mismo está bien. ¿Y con quién (o mejor dicho dé quién) aprende el niño a valorar lo que es? Con su familia más cercana, pero sobre todo con sus padres, pues la imagen que los padres reflejan de sus propios hijos va a ser la primera imagen que el niño tenga de sí mismo.

Decirle a un niño que eso a lo que quiere jugar no está bien o no es adecuado, es decirle que él no está bien o no es adecuado. Decirle a un niño que cambie su regalo de Reyes o que elija el estuche de otro color es decirle que cambie su esencia, que cambie sus elecciones, que cambie algo que él no puede cambiar. Pero es que no sólo no puede cambiarlo, es que no tiene que cambiarlo, porque es perfecto tal y como es.

El argumento más común en estos casos es el de limitarle determinados juegos o juguetes para protegerles, para que no se rían de ellos o les rechacen. Sin embargo, con esa actitud el niño ya está recibiendo el primer rechazo. Por lo general, los padres tienen una tendencia natural a querer evitar todo sufrimiento a sus hijos, pero limitando su personalidad y sus gustos no vamos a conseguir evitarles el sufrimiento, porque (y siento decirlo así de crudo) el sufrimiento ya se lo estamos generando en casa. Y poco a poco, el niño irá teniendo dos caras, la que muestra y la que oculta, que tapa y esconde. La que muestra, que es una máscara, y la que oculta, de la que se avergüenza

Por supuesto que puede que haya niños que se rían de él por llevarse al parque una muñeca. Pero también puede un niño con gafas encontrarse a niños que traten de ridiculizarlo, y no por eso le vamos a privar de ver bien. En lugar de tratar de ocultar aquello de lo que pueden reírse, enseñémosle a defender sus gustos y sus posturas, enseñémosle que no tiene nada de lo que avergonzarse, enseñémosle que vive en un mundo diverso y libre, en el que los demás no tienen que decirte como tienes que ser. Y para enseñarles eso no basta con dos frases motivacionales tipo “Mr. Wonderful”. Es necesario que ese orgullo y esa seguridad la vea reflejada en los ojos de quienes le miran más horas al día: Sus padres, y en cada una de sus acciones.

No todos los niños que se visten de princesas tienen luego unas preferencias sexuales determinadas, así como no todos los homosexuales han jugado en su infancia con juguetes “feminizados” (ni todas las mujeres homosexuales jugaban al fútbol u otros clichés “masculinizados).  Pero aparte de esto, si queremos que nuestros hijos e hijas puedan normalizar su sexualidad, sea esta cual sea, tampoco viene mal hacer más divergente nuestra forma de hablar

Preguntarle a una niña si le gusta “algún niño o niña de su clase” no va a crearle confusión ni va a determinar su sexualidad, sin embargo va a ver que existen diferentes opciones y respetarlas aunque no sean la suya, y si sus preferencias se declinan hacia un lado u otro va a sentir seguridad en compartirlo con sus padres con naturalidad, pues ellos siempre le han mostrado con la misma naturalidad que existe ese abanico de posibilidades.

Si queremos hijos felices, tenemos que hacer que se sientan bien consigo mismos

Para terminar, creo que la clave está en la palabra Felicidad. La Felicidad es, por definición, la sensación de bienestar y realización que experimentamos cuando alcanzamos nuestras metas, deseos y propósitos. Y si los padres queremos hijos felices, tenemos que hacer que nuestros hijos sientan ese bienestar consigo mismos (con su verdadero ser) y se sientan apoyados para alcanzar sus deseos y propósitos. Teniendo esto presente, podremos conseguir que nuestros hijos basen su felicidad en ser como realmente quieran ser y no en como los demás quieran que sean. Y a partir de ahí, lo que digan los demás, como cantan Alaska y Dinarama… a quién le importa.