Aprendiendo a atender las necesidades de cada uno de mis hijos, que no siempre son las mismas.

Mi primer hijo empezó a caminar después de cumplir el año, con mucha cautela. El tipo reflexionaba media hora antes de dar cada paso. Siempre fue muy cuidadoso y precavido. Lo que la gente suele llamar mamero o mamengo, siempre al abrigo de mis faldas. Lloraba al más mínimo rasguño o susto. Yo intentaba hacer oídos sordos a las voces que decían que era un llorón o un malcriado. Un debilucho, que así no se iba a hacer hombre. Estaba convencida que lo correcto era responder a sus llamadas y asistirlo.

Mi filosofía de crianza andaba (y anda) por una vertiente respetuosa hacia sus necesidades, el estar presente, dar consuelo siempre que lo necesite… así lo hice con mi hijo. Y así lo iba a hacer con mi segundo hijo, que fue hija y que me llevó a desaprender lo aprendido para entender nuevas necesidades y maneras de estar presente.

Intento ser respetuosa hacia las necesidades de mis hijos, estar presente, dar consuelo siempre que lo necesiten… Pero mi segunda hija me llevó a desaprender lo aprendido.

Me explico: mi hija aprendió a correr antes que a andar, se trepaba a todo lo trepable, se subía a todo lo que pudiera y hacía equilibrio sobre cualquier cosa que se moviese. Y todo esto, sin evaluar los riesgos, claro. Para ella no existían los riesgos ni las consecuencias. Si se caía, se levantaba y seguía sin mirar para atrás. Incluso de lastimarse al punto de sangrar y no darse por enterada.

Yo, acostumbrada al primero, acudía rauda a socorrerla y siempre me miraba cómo diciendo – “¿qué haces aquí? ¿pasó algo?“. Fui aprendiendo a mantenerme al margen, vigilarla a distancia, sin interrumpirla. Aprendizaje que a día de hoy cuesta, por que las madres, muchas veces, nos creemos y queremos indispensables y todopoderosas, pero mi hija no me dejaba demostrárselo ¡¿cómo hacerle saber que yo estaba, estaría y estaré siempre ahí para cuando me necesite si parecía no necesitarme nunca?!

Con pocos meses, ya se había caído varias veces de la cama grande. Pero no lloraba, así que te enterabas cuando te dabas la vuelta y la veías en el suelo. Recuerdo el trauma que nos causó cuando se nos cayó por primera vez el primero ¡Nos sentíamos los peores padres del mundo! La segunda, perdimos la cuenta de las veces que se cayó.

Un día me la encontré usando el correpasillos del hermano. Esos andadores donde se montan como si fuera una moto y se desplazan moviendo los pies. Pero no estaba sentada ¡estaba de pie sobre el cacharro!. Mi primera reacción fue salir corriendo a cogerla porque podía caerse y partirse la cabeza, pero mientras corría hacia ella pensé “la voy a asustar y se va a caer del susto”, así que me acerqué despacio y en silencio, y decidí observarla. Estaba con sus bracitos extendidos, manteniendo un equilibrio perfecto, se impulsaba dando golpecitos de cadera, a modo de patinete. No se cayó.

Otro día la dejé sentada en su trona merendando y fui a la cocina a por algo, al volver me la encuentro haciendo un puente con su cuerpo, entre la silla y la mesa. Las piernas apoyadas en el asiento y los brazos extendidos sobre la mesa ¿cómo llegó a esa postura? Solo ella lo sabe. A esas alturas, ya más acostumbrada a sus acrobacias, en vez de correr a socorrerla le pregunté ¿estás bien? ¿necesitas ayuda? Al ver que tenía la situación controlada fui a por el móvil para tomarle una foto (testimonio gráfico que acompaña el artículo).

Llegué a pensar que sufría insensibilidad congénita al dolor

Por aquel entonces, todavía me quedaba energía para ver alguna que otra serie, y una noche, en un capítulo de Dr. House, apareció una chica adolescente que no sentía dolor y a raíz de esa enfermedad sufría innumerables problemas. Llegué a creer que mi hija tenía eso: insensibilidad congénita al dolor.  ¡Qué importante sentir dolor! yo necesitaba oír llorar a mi hija cuando se hiciera daño, necesitaba esa señal de que algo no andaba bien para repararlo, para poder cuidar de ella.

A menudo le encontrábamos moretones por el cuerpo que no sabíamos cómo se había hecho. Estas situaciones nos generaban cierta preocupación, porque el llanto es una manera de pedir ayuda o socorro en un momento dado. ¿Qué sería de esta criaturita si no nos enterábamos cuando le pasaba algo? ¿cómo aprendería a ser cauta si no sentía dolor frente a las heridas? ¿cómo poner límites cuando no puedes demostrarle las consecuencias?

A día de hoy, la pequeña terremoto ha sobrevivido 9 años, y nosotros también. Vamos sacando la conclusión de que no es insensibilidad sino más bien una cuestión de prioridades -“no me quiero perder nada, me la estoy pasando tan bien… ya me quejaré luego”. ¡Por que vaya que se queja!! Simplemente es una chica dura, de esa nueva generación de mujeres que vinieron para llevarse el mundo por delante.

¡Y que así sea! Ya estaré yo aquí para arrimarle el hombro cuando lo necesite.