Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía diez años. Aún hoy recuerdo vivamente el suspiro aliviado
del día en que ocurrió, el “Por fin se terminó” que escuché en mi cabeza y del que me sentí culpable
durante mucho tiempo (aunque como leeréis más adelante, mi cabeza se ocupó de ocultarme toda
esa marabunta de sentimientos), hasta que aprendí a reconciliarme con esa sensación de alivio, con
ese sentimiento humano de todo aquel que tiene que vivir una enfermedad larga y agónica de un
familiar cercano. “Ahora ya descansa”, decimos y nos dicen esos días, cuando en realidad descansar
es un eufemismo, los que descansamos somos nosotros, los que nos quedamos. La persona que
fallece… quién sabe

Esa sensación de alivio se escondió entre mis recuerdos, supongo que para intentar no hacerme daño,
para que no me sintiera mal. Se fue agazapando entre otros recuerdos felices de infancia que preferían
destacar en mi memoria, evitando el sufrimiento del duelo, de la culpa, de la incomprensión. En pocos
años mis recuerdos acerca de mi padre, de su larga enfermedad y de su fallecimiento se resumían a
un par de anécdotas y a una sensación de “no fue para tanto”. Y sin embargo, lo ocultaba a mis amigos
(a algunos incluso les seguía hablando de mi padre en presente), esquivaba la conversación o lloraba
como una magdalena de forma inexplicable
con el final de “Mi chica”. Y no fue hasta hace pocos años,
con otra película, cuando reconocí en mí ese sentimiento de alivio con el fallecimiento de mi padre
que tantos años había ocultado. Fui al cine con dos amigos a ver “Un monstruo viene a verme”, de J.A.
Bayona, y me senté entre mis dos amigos, sin saber si iba a ver una película sobre el cáncer, sobre
monstruos o sobre mundos paralelos. Suelo ir mucho con esos dos amigos al cine, y cuando termina
la última escena y comienzan los créditos, con sólo mirarnos ya sabemos lo que nos ha parecido la
película, lo que dará luego lugar ya en el exterior de la sala a una intensa crítica. Aquel día yo me senté
en medio, y cuando acabó la película mis amigos se giraron para mirarme, con una mueca de ligera
decepción en su rostro. La película les había gustado, pero tampoco “era para tanto”. Cuál fue su
sorpresa cuando, al girarse, me vieron llorando desconsolado, a moco tendido. No entendían como
había podido provocar tal reacción en mí. Al darme cuenta de su estupefacción al verme así, me entró
la risa, así que estuve un rato riéndome y llorando a la vez, y sólo conseguí murmurar “es que es así”

Al ver aquella película reconocí unos sentimientos que había tenido ocultos durante 25 años. Reconocí
un duelo mal gestionado, junto a un carácter positivista que trata de ocultar las emociones
desagradables
. Un duelo de un hijo entre muchos hijos, en una familia muy numerosa, con una madre
agotada por los años de lucha contra el cáncer de su marido y una sociedad todavía poco ducha en
gestionar las emociones infantiles.

Cuando vi esa película, en 2016, llevaba más de diez años trabajando de maestro de infantil, pero aún
no había tenido que abordar la gestión del fallecimiento de una figura paterna con mi alumnado,
habiéndome encontrado tan sólo con un par de casos de algunos abuelos y abuelas “muy mayores”.
No sabía que en pocos años tendría que enfrentarme como docente a acompañar a dos alumnos en
dos años consecutivos a la misma situación que viví yo: La muerte de su padre,
aunque con dos
planteamientos muy diferentes

“Gestionar las emociones es estar triste y aceptarlo”

La muerte no siempre llega de la misma manera, al igual que tampoco la gestionamos todos igual. En
el caso de una de mis alumnas (un par de años después de ver aquella película, en 2018) llegó de
sopetón, sin previo aviso, sin siquiera una ligera sospecha: Padre joven, deportista, sano, vitalista,
enérgico. Podría contar muchos detalles familiares que hacían la situación más compleja aún si cabe,
pero eso queda dentro de la privacidad de esa familia, que aunque el relato permanezca anónimo, la
merece.

La muerte repentina e inesperada de un familiar cercano es como una ola que nos arrastra y revuelca
hasta la orilla con más intensidad de lo que cabía esperar. Nos deja desorientados, aturdidos, en
estado de shock, y tratamos de mantener el tipo mientras recuperamos la sensación de realida
d. Y
una de las ideas que debe aterrar al otro progenitor en ese momento es la de cómo contárselo a los
hijos. Cómo intentar explicar algo que ni siquiera nosotros mismos estamos preparados para
gestionar. Unos años antes, una madre de un alumno compartía conmigo su preocupación ante tal
tema: “No sé cómo explicarle a mi hijo la muerte, ahora que se acerca la de su abuela, para que la
entienda”
. Yo le respondí “Tampoco sé yo cómo puedes hacerlo, pero si consigues explicarle la muerte
de forma que la entienda, luego vienes y me la explicas a mí”. La muerte es un proceso natural lógico,
pero es más fácil comprenderlo en un geranio que en una persona a la que quieres.

Aquella alumna estuvo unos días sin venir al colegio, y en el contacto que tuve con su madre en esos
días me iba contando el proceso: Primero estuvo con unos familiares cercanos ajena a todo, y a los
pocos días volvió con su madre, cuando ésta se sintió preparada para contarle lo que había ocurrido

En casos como este, en el que el fallecimiento del familiar nos sobreviene a todos de forma repentina,
no hay que sentirse culpable si se aparta al niño o niña durante unos días de “la realidad”. El niño o
niña necesita también del duelo y la despedida del ser querido, pero lo gestionará mejor si lo hace
junto a una madre serena, que pueda ocuparse de las emociones de sus hijos sin estar absolutamente
desbordada y en shock por las suyas propias. Mientras tanto, los niños pueden pasar un par de días
con sus padrinos o en casa de unos amigos, ajenos al tsunami emocional del resto de su familia

Cuando ya decidieron que era el momento de volver al colegio, vino a mi recuerdo mi vuelta a la
escuela después del fallecimiento de mi padre. Nadie habló del tema y yo tampoco lo hice. No sabía
si a mis compañeros les habían contado algo, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. Prefería vivir en
el silencio e incluso en la fantasía de que nada había pasado. Este recuerdo me hacía querer por un
lado respetar la privacidad de mi alumna (a ella le sobrevino esta situación con cinco años, pero sea
cual sea la edad todos los niños tienen derecho al mismo respeto), pero por otro lado sentía que tenía
que ayudarla a gestionar sus emociones de la forma más sana posible.

La mañana en la que regreso a clase le pedí a una compañera que se quedara con el resto del grupo,
y le pregunté a mi alumna si quería acompañarme un rato al patio. Allí, sentados en un banco, la senté
en una de mis piernas y, mirándole a los ojos, le dije que sabía lo que había ocurrido, que su padre
había fallecido y que habían pasado unos días en Cádiz, despidiéndose de él. Le conté que mi padre
también había fallecido cuando yo era pequeño (aunque ya lo sabía, pues en clase hablamos mucho
de la vida de unos y de otros, incluida la mía), y que entendía lo que estaría sintiendo ella. Después le
pregunté cómo se sentía, y me impactó su capacidad de expresar sus emociones: “Pues estoy triste,
porque yo a mi padre le quiero mucho y sé que no le voy a ver más”. Todo esto lo dijo sin mirarme a
los ojos (mantener la mirada es aún más difícil que verbalizar lo que sentimos), pero con una serenidad
pasmosa. Le di un abrazo, le dije que la entendía, que yo también me sentía triste porque también
quería a su padre, y que podía contar conmigo para lo que quisiera, o que si en algún momento
necesitaba estar sola, dar una vuelta por el patio conmigo, que le diera un abrazo o lo que fuera, que
sólo tenía que decírmelo. Evidentemente en ese momento los dos teníamos las lágrimas saltadas. “Es
normal que nos pongamos tristes y lloremos, no pasa nada”. Después le pregunté si quería que le
ayudara a contárselo a sus amigos, o si prefería no contarlo o esperar unos días. “No, quiero contárselo
ahora, pero quiero que lo cuentes tú”. Así que me dio la mano y nos fuimos juntos a clase, a contárselo
a sus compañeros.

Antes de toda esta conversación, para mí fue muy importante estar en contacto con su madre,
preguntarle cómo se lo había contado, si había utilizado frases como “Papá ya no está”, “Está allí
arriba” o “Se ha ido al cielo”. Más allá de asesorarle en cuanto a lo que a mí me parecía correcto,
quería cerciorarme de que mi mensaje hacia su hija iba a ser el mismo que había recibido de su madre
.
Aunque por supuesto puedo dar mi opinión y asesorar cuál creo que es la mejor manera de hablarle
a un niño de la muerte de un ser querido, también es importante respetar la decisión de la familia de
utilizar o no creencias religiosas o frases “suavizantes” a la hora de hablar de la muerte. Así mismo,
veía muy importante respetar sus emociones, sin restarles importancia, y que fuera ella la que tomara
la decisión de si comunicárselo o no a sus compañeros.

Cuando volvimos a clase, nos sentamos en asamblea (un hábito diario y muy saludable de las aulas de
Infantil, sentados todos en corro en la alfombra para hablar (y escuchar) sobre diversos temas) y les
dije a los compañeros que ella y yo queríamos contarles algo. Yo iba contando, y ella me miraba y
asentía, dándome permiso para seguir yo. Cuando terminé, las reacciones fueron muy diversas. Su
mejor amiga fue a darle un fuerte abrazo, silenciosa (a pesar de tener un carácter revoltoso). Algunos
compañeros se pusieron a llorar y vinieron a abrazarme a mí, otros aprovecharon para hablar de sus
abuelos fallecidos, otros permanecieron indiferentes… Estuvimos un rato resolviendo dudas,
escuchándonos unos a otros, verbalizando nuestras emociones. Tras eso, les dije que podían hacer lo
que quisieran. Algunos se fueron a dibujar, otros a jugar, y otros se quedaron sentados conmigo,
haciendo más preguntas o compartiendo más historias familiares.

En los siguientes días, la alumna me pidió si podía llevar una foto de su padre en la mochila. Por
supuesto le dije que podía tenerla y sacarla cuando quisiera, y en ocasiones la veía observando la foto,
abstraída, en una esquina. Si le preguntaba, me decía frases increíbles como “Cuando voy en patines
o en bici a veces me giro, porque creo que mi padre está ahí, y es porque yo siempre patinaba e iba
en bici con mi padre”, o “Cuando veo las fotos me pongo contenta y triste a la vez. Contenta porque
recuerdo el viaje en el que nos hicimos la foto, y triste porque mi padre ya no está”. Su gestión de las
emociones era apabullante, porque saber gestionar las emociones no es controlarlas o estar siempre
contento, sino saber identificar lo que se siente en cada momento
y aceptarlo: cuando se está triste,
cuando se está enfadado o cuando se siente calma o arrepentimiento.

“Gestionar el duelo sin quererlo ver”

Al año siguiente, con otro curso, ahora de niños y niñas de 3 años, un alumno perdió a su padre tras
una enfermedad y un par de operaciones que se complicaron. Esta vez el niño era más pequeño, y de
alguna manera la familia tenía cierto preaviso, pero aún y así la situación era igual de dolorosa. El
primer día que el alumno vino a clase, repetí la operación y me fui con él sólo al recreo. Le dije que se
sentara un rato conmigo en el banco y fue corriendo a sentarse primero, así que pensé que quizás
prefería estar sentado así y no encima de mía (que podría sentirse más “indefenso” emocionalmente).
Se sentó y miró al infinito, sin parar de sonreír. Le dije lo mismo que un año antes había expresado
con la otra alumna, le di todo mi apoyo, compartí mi experiencia de niño y le pregunté si quería hablar
del tema
, contarme cómo se sentía o compartirlo con los compañeros. Me dijo que no, que no quería
hablarlo, que estaba bien. Tampoco quería compartirlo con sus compañeros. Miraba al infinito y
sonreía, pero sus intensos ojos azules brillaban incómodos. Le dije que me parecía bien, que no le
diríamos nada a sus compañeros, pero que el día que quisiera contarlo podía hacerlo, y que podía
contar conmigo si prefería que lo dijera yo. Hizo un gesto de afirmación con la cabeza y sin mirarme
me dijo “¿Podemos entrar ya? Quiero ir a jugar”. Le dije que por supuesto que podíamos, y entramos
en clase. El día prosiguió como si nada hubiera pasado.

Además de estar en contacto con la madre del alumno, en ambas ocasiones también escribí al resto
de padres. No sólo para notificarles la triste noticia (que la mayoría sabían antes de leer mi correo)
sino para prepararles por si el alumno quería compartirlo en clase, y luego los compañeros iban a casa
con miedos o preocupaciones derivados de la situación. Era importante que en las otras casas no
eludieran el tema, tratándolo con calma
y veracidad, dando un mensaje tranquilizador y transmitiendo
la baja probabilidad de que ellos vivieran una situación similar
, así como resolver todas sus dudas al
respecto, sin mentiras. Igualmente, les transmití la tranquilidad de que pudieran transmitirle a sus
hijos inclusos sus propias incertidumbres al respecto, y que sintieran que a los hijos también les
podemos decir un “No lo sé”.

Así que esa misma mañana les volví a escribir, para decirles que de momento, el tema no se había
tratado en clase, por decisión del propio niño.

Al lunes siguiente, después de una semana, en la asamblea, el alumno levantó la mano. “Tengo dos
cosas que contar”, dijo con una sonrisa. “Una es que este fin de semana he estado con mis primos y
me lo he pasado muy bien, y la otra es que mi padre se ha muerto”. Así. Sin medias tintas. En ese
momento sintió la necesidad (y la fuerza) para contarlo, y lo contó. En seguida la conversación se
centró en ese suceso, pero la edad de ellos (3 años) hizo que la gestión fuera muy diferente: más fría,
pero también más natural. Al ser menos maduros, no entendían la complejidad y la gravedad del tema
como los alumnos de cinco
. Aquella mañana escribí a los padres, y efectivamente al llegar a sus casas
casi todos los niños lo contaron con total naturalidad.

Eso ocurrió a mediados del 2019, y a día de hoy (mayo del 2021), sigo con ese mismo grupo. Este
alumno sigue teniendo un carácter alegre, entusiasta y divertido. A veces me cuenta que con sus
hermanos escriben un diario en el que hablan con su papá y le cuentan cosas, y cuando en clase sale
el tema de su padre lo trata con espontaneidad, sin que parezca que le afecta emocionalmente.
Supongo que con la edad que le tocó vivir la muerte de su padre las cosas se gestionan de otra manera.
Pero en muchas ocasiones veo en él un carácter muy parecido al que tenía yo de pequeño, y me alegra
ver que él en vez de gestionarlo ocultándolo o desde la fantasía, es capaz de verbalizarlo o de
responderle a un niño que acaba de conocer y le pregunta por su padre: “mi padre se ha muerto” y
seguir jugando tan tranquilo.