Las familias actuales presentan a veces estructuras que nos resultan nuevas para las que debemos seguir aprendiendo cada día, y ésta es la historia de mi aprendizaje.

Desde pequeños nos han educado en la creencia de un standar de familia, con un papá, una mamá, y normalmente, varios hermanos. A esa superfamilia había que añadirle con suerte cuatro grandes abuelos con los que disfrutar… lo que llamábamos de forma poco acertada “familia normal”.

¿Y qué es lo normal realmente? Tal vez pensemos que con el boom de los divorcios surgieron otras “formas de estructuras familiares”, pero, por poner un ejemplo.. ¿quién no tuvo una abuela o conoció a alguna que por desgracia se quedara viuda muy joven y siguió adelante como familia monoparental? Ahora ya se habla con total libertad de “familiares biparentales”(papá y mamá), “familias monoparentales”(sólo un papá o una mamá), “familias adoptivas”, “familias compuestas”(varias familias biparentales), “familias homoparentales”(dos papás o dos mamás), etc.. dentro de toda esta verborrea, la estabilidad y el desarrollo afectivo son la base y la clave.

Mi gran familia pertenece a esas llamadas “familias compuestas”, donde mi primer hijo es el fruto maravilloso de un matrimonio que no funcionó, y el segundo, la estrellita que ilumina nuestro hogar en una segunda relación cada día más fuerte y sana. Mi hijo mayor disfruta plenamente de dos familias biparentales, con un hermano sanguíneo y un hermanastro. A primera vista pudiera parecer algo complejo, difícil, trabajoso, pero la realidad es que el tiempo me ha convencido de que, en el fondo, resulta enriquecedor, y una experiencia de vida con la que se aprende cada día.

Mi hijo mayor me ha demostrado, una vez más, la gran capacidad de adaptación que poseen los niños de su edad, la naturalidad con la que acepta sus fines de semana fuera de casa, y el cariño incondicional a su hermano por encima de todo.

Recuerdo cuando iba a recogerlo al cole a mediodía y, camino de vuelta a casa, me decía “- Mamá, el hermano de mi amigo ya ha nacido. A mí me gustaría tener un hermanito para jugar..”. En ese momento tenía unos tres añitos, casi cuatro. No sabía muy bien cómo explicarle que en ese momento, que estábamos viviendo los dos solos en casa, “no era posible”, y entonces le cambiaba de tema sin más.

Un año y poco más tarde, mi actual marido y yo le dábamos la noticia de que iba a tener un hermanito. La noticia no pudo ser mejor recibida. Daba gritos de alegría y para nosotros supuso una felicidad inmensa… de pronto nos convertíamos en una gran familia. En ese mismo momento comenzó una época inolvidable, con abrazos y besitos constantes a la barriguita de mamá, con mensajes de cariño al ombligo.. y con planes ya de cómo iban a dormir los dos hermanos juntos en la misma habitación para cuidarlo.

Por un momento empiezas a pensar qué ocurrirá cuando nazca su hermano y tenga que marcharse con su papá, si esa situación podrá despertar celos, si habría que hacer algo para gestionar esas emociones.

En casa pretendíamos preever todas las situaciones posibles, pero, la realidad después fue bien distinta y por suerte, mucho mejor de lo que esperábamos. Una de las primeras dudas que nos surgía era si tendríamos la suerte de que naciera el bebé durante los días en que debía estar con nosotros para hacer coincidir en el hospital a los dos hermanos por primera vez. Esa idea nos hacía mucha ilusión.. poder volver a casa los cuatro juntos.


El día del parto

Nuestro hijo mayor estaba con nosotros cuando dió comienzo en plena madrugada la yincana hacia el hospital. Dejamos al pequeño en casa de los abuelos y nos marchamos al hospital con toda la ilusión del mundo. Un parto fantástico, rápido y controlado, una atención hospitalaria ejemplar, y , cuando nos dimos cuenta, a las cinco y media de la mañana nacía nuestro bebé.

Ese mismo día, unas horas más tarde, ya estábamos en la habitación esperando a que llegara el “gran encuentro”, nerviosos e ilusionados. Cuando apareció el hermano mayor con los abuelos fue un momento mágico. Verlos a los dos juntos era una imagen para grabarla a fuego en la memoria. Fueron días muy especiales, una adaptación natural donde hasta el lenguaje empieza a cambiar. Ahora “su hermano tiene a su papá”, y él, el suyo propio, con quien disfruta los días que viene a recogerlo.


Empieza la adaptación real

Entonces, nuestra gran familia empieza a funcionar de verdad. Ahora hay tres superabuelas y dos abuelos que los quieren con locura. Durante el primer año, incluso parte del segundo, cada vez que el hermano mayor se marchaba con su papá los fines de semana, o durante la mitad de las vacaciones que corresponden en el año, el pequeño notaba su ausencia, pero no era capaz de dar sentido a nada, no sabía lo que ocurría. Alguna vez soltó alguna lágrima, intuyo que buscando a su hermano, pero aún esa ausencia no se hacía de notar demasiado.

En el momento en que empieza a decir sus primeras palabras y a tener una capacidad mínima de comunicación, te das cuenta de la naturalidad con que aceptan lo que ocurre a su alrededor.

La comunicación entre hermanos por teléfono, o a través de videollamadas es ejemplar. Se gritan los “Te quiero” y de dedican besos. Los celos no han tenido cabida en ningún momento, y presiento que parte de trabajo lo hemos hecho bien en casa. Cuando el hermano mayor se tiene que marchar, lo despedimos entre todos en la puerta de casa como un momento alegre en el que no pasa nada, su hermano volverá en unos días porque está con su papá, y no hay motivos de tristeza ni soledad. Nos despedimos con abrazos y nos reencontramos con abrazos. Así funciona mi superfamilia. El hermano mayor acepta su marcha sin preocuparle nada, porque todos estamos felices y contentos y así le volvemos a esperar para cuando vuelva.

En una ocasión recuerdo que acudimos mi actual marido, mis hijos y yo al médico para las revisiones periódicas pediátricas y el padre de mi hijo mayor también decidió estar. De repente aparecimos en consulta los dos papis, mis dos hijos y yo. El médico tardó unos minutos en interpretar la situación, soltando un “-Una familia moderna”, que nos hizo sonreir.

Ahora ya, cuando algún familiar pregunta al pequeño de la familia “-¿y tu hermano?”, él responde que se ha ido con su papá en el coche, con total tranquilidad. La conexión entre ambos hermanos no podía ser mejor, se quieren, se respetan, se esperan y disfrutan juntos todo lo que pueden. Son distintos, lógicamente, pero mantienen esa unión incondicional.

En muchas ocasiones, los padres y madres dudamos de la capacidad de aceptación y adaptación de nuestros hijos porque tal vez creemos que al salir un poco de lo “standar” o “lo habitual” se van a producir sentimientos negativos o simplemente de incomprensión que van a dificultar el desarrollo normal del día a día. Sin embargo, no tiene porqué ser así. El refuerzo por parte de los padres es fundamental, y el saber entender, gestionar y transmitir de una forma sana lo que ocurre forma parte de la inteligencia emocional de la familia y del cariño que tienen. Sin duda, hay que seguir aprendiendo juntos y disfrutando de toda gran familia, con sus defectos y sus virtudes.