CUANDO LLEGA EL ADIÓS
Capitulo 1

Si algo he aprendido desde que el que era mi marido decidió emprender una vida solo, sin mí, es que esto es UN PROCESO. Cada uno necesitamos un tiempo, el que sea, para lo que sea, pero el nuestro. Igual que cada niño tiene un tiempo para hablar, para que le salgan los dientes, para lanzarse a andar y muchas más cosas. Igual que no puedes comparar a un hijo con otro, en esto de separarse y ROMPER LA DINÁMICA FAMILIAR, la que habéis construido con amor, pasión y  tanta ilusión, esto más que otra cosa necesita tiempo para cada cambio por insignificante que parezca.

De las pocas preguntas que me surgían en mi estado de shock era: ¿Cuánto se tarda en asumir todo esto, recomponerme y recuperar mi vida? Nadie me dio respuesta a esto, solo me decían “de esto se sale” pero yo  necesitaba una fecha, un CUÁNDO. No existe un cuándo, pero sí he descubierto en este proceso que sí existe un CÓMO. 

Cuando alguien al que consideras tu familia, al que respetas y prometiste cuidarlo para toda la vida te dice que no es feliz con la vida que tiene, que sabe que se va a equivocar con la decisión de irse pero que lo necesita, lo primero que entra es VÉRTIGO, el miedo te paraliza pero al menos en mi caso, los pensamientos iban demasiado rápido. En medio de la conversación más difícil que recuerdo, mi cabeza construía pensamientos sin parar. Algunos tenían sentido como: ¿Ahora cómo vamos a organizarnos?, ¿Dónde vamos a vivir? ¿Acabaremos debajo de un puente sin dinero para pagar las facturas? ¿Y si me quedo sin trabajo, qué hago?. Una batería de preguntas sin respuestas porque estaba ante un escenario nuevo por completo, nadie de mi entorno estaba separado así que estrenaría situación y me enfrentaba sin experiencia a esta situación.

La separación es un proceso único y diferente de cada persona en el que no existe un cuándo acaba, hay que centrarse en CÓMO.

Hubo otra cosa que se me pasó por la cabeza que me resultó extraño, y que durante este proceso ha ido cobrando sentido pero que, en aquel momento, pasó desapercibido. Tras un rato de conversación empezó a apoderarse de mí una extraña sensación de calma, de alivio y pensé: al fin voy a poner los cojines que me gustan desde hace tanto tiempo y que hasta ahora no me ha dejado. Esto de pensar en cojines debe ser por por el estado de shock, pensé en aquel momento…

A mi estado de shock se unió su decisión de quedarse unos días más en casa para digerirlo juntos y ver cómo se lo contábamos a nuestro hijo mayor, que por aquel entonces acababa de cumplir los 5 años. El pequeño no preocupaba mucho porque con sus 15 meses de poco se enteraba. ¿Te imaginas la situación dantesca de esa semana? Lo mismo llorábamos que reíamos, los dos, él también.

DESPEDIRNOS, RECONCILIARNOS Y PERDONARNOS ME SIRVIÓ PARA AVANZAR SIN RENCOR

En un instante todo había cambiado y pedía permiso para entrar en el dormitorio si estaba yo, pedía disculpas si me veía saliendo de la ducha. Y mi reacción a todo esto era: soy/somos los mismos de ayer, ¿Qué te pasa? Y no era lo que le pasaba a él, sino que ya nada sería como antes. Ya no “estábamos juntos” por lo tanto no es políticamente correcto que me viera saliendo de la ducha, ni que yo lo viera cambiándose, o cosas tan cotidianas como estas que ni imaginas que llega un día en que ya no habrá un “nosotros” y que por tanto no son parte de tus rutinas.

Fue una semana de despedida, de reconciliarnos y perdonarnos los errores pasados, fue una semana de demostrarnos respeto al sufrimiento y a las decisiones tomadas. Por mi parte creo que fue, aunque suene feo decirlo de mí misma, una de las demostraciones de amor más puras que he tenido. Respetar, entender, aceptar y dejar ir al que había sido el amor de mi vida para que encontrara su felicidad donde fuera, con quién fuera o como fuera, a costa de romper el proyecto de mi vida, o al menos así lo veía en aquel momento. Su irascibilidad, mal carácter, genio, peleas y tensión constante de los últimos meses habían dejado paso a la amabilidad, a la empatía, a la protección y a otras actitudes que recordaban a la persona que conocí y me dificultaban aún más la despedida.


UNA GRAN DIFERENCIA

Hago un receso para contarte algo que ha sido importante en mi PROCESO y es que, cuando tenía 20 años perdí al hombre más importante de mi vida, a mi padre, aquello si que dolía, aquello sí que desgarraba, esa sí que fue una pérdida dolorosa y esa pérdida sí que era insustituible.

Durante meses me dolía como se suele decir, el alma. No tenía ilusiones, nada me hacía ponerme contenta, no veía la luz y perdí toda la alegría que me caracteriza.

Cuando el amor de mi vida se estaba yendo voluntariamente tenía vértigo y miedo, pero no me dolía el alma, no me desgarraba, no sentía dolor, tampoco sentía rencor, ni rabia, y creo que “lo perdoné” antes de que empezara a hablar. Tenía ilusiones intactas y pensar en cojines nuevos me hacía pensar que, no era tan malo lo que me estaba pasando. Solo se trataba entonces de saber y aprender, CÓMO SE VIVE A PARTIR DE AHORA.